miércoles, 23 de julio de 2008

"Hoy es un gran día para comenzar a escribir tu propio Best Seller"

Trabajo Final


Este blog está dedicado a todos aquellos que nadan en la literatura y aman el fútbol, deporte multitudinario que une a más uno en la pasión que puede trasladarse en palabras, tal como lo hicieron Fonatanarrosa, Galeano, Sasturain, Dolina, Soriano y tantos otros autores de renombre.

Cada cuento logra identificar a aquellos que alguna vez patearon una pelota en la esquina de su casa, en el potrero o la "canchita", en un club o simplemente en la calle, primer estadio donde se soñó con tribunas colmadas coreando su nombre.

sábado, 19 de julio de 2008

Roberto Fontanarrosa, ¡Negro querido!




Hace ya un año que el Negro se fue a jugar un picadito allá en el cielo y nos dejó todas sus creaciones acá, a los de abajo, para que nuestra vida sea amena y mantengamos el humor que siempre nos inculcó.

Ese canalla del café El Cairo supo dibujarnos una sonrisa con Inodoro Pereyra y su perro Mendieta y hacernos sentir parte de una charla de amigos que algunos pueden desconocer pero no después de leer a Fontanarrosa. Cada vez hay más Mesas de los galanes porque él supo trasladar al papel la cotideaneidad de nuestros días. Todos recordaremos un 19 de diciembre de 1971 y veremos reflejada nuestro exitismo de hinchas con Wilmar Everton Cardaña, número 5 de peñarol. Es más, todos nos veremos representados con alguna de sus creaciones, que son el lazo que todavía nos une a pesar de esta distancia que jamás deseamos pero que es inevitable.
Se van los únicos, los irremplazables... No se si he sido clara.
¡Gracias por tanto humor Negro... Qué lo parió!

El adiós a una competencia

El siempre vencedor no es el vencido porque nunca lograron ponerlo de rodillas frente a un apabullante monumento de piedra donde miles de cuerpos exigían la gloria jamás vista.
Deseo de muchos fue ver una gran caída y sólo vislumbraron un paso en falso en un camino sin final , pero que no logró apartarlo del firmamento apasionado que alguna vez creó.

Los brazos en alto de los guerreros fueron signo de victoria moral, nacida en las arcas de un ciclo memorable y recogida por un discípulo del gran motivador.

Etapa esperada por los desaseados y hambrientos de gloria. Una vez más, el siempre vencedor supo mantener la vida de las almas que desconocen una pasión semejante y conquistar los huesos de los mortales que nunca podrían sentirse plenos por sus propios logros, imposibles de comparar con los que el siempre vencedor llenó parte de la historia.

El jamás caído escapó a las garras de la derrota completa con las manos en alto y supo contemplar a sus eternos seguidores envueltos en una bruma de felicidad que sólo ellos saben dispersar por los pueblos teñidos de oscuridad, sin alegría.

El sinuoso sendero de la realidad empujó al creador del brillo y el oro que rodea los cuerpos de los hombres a una etapa ya vivida e indeseada. Pero, el llanto de los oponentes se oirá más a pesar de esto porque llevan escrito en sus mentes el destino al que quieren escapar y jamás podrán: el siempre vencedor volverá más fuerte y ahogará nuevamente a los desdichados que sólo cantaron por él y su desgracia. Nunca escaparán de éstas vidas y el poderoso reirá en un nuevo deja vu que lo hará olvidar traspiés pasados, necesarios para conocer el extremo antes del golpe más fuerte y el despegue reiterado hacia la gloria acrecentada en cada grito que escapa de las gargantas cansadas de expresar.

viernes, 18 de julio de 2008

Las malas palabras, por Fontanarrosa

Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol


Porque yo lo conocí a Cardaña. Y porque lo conocí a Cardaña puedo afirmar que mucho se equivocan aquellos que juzgaron o juzgan al áspero centrehalf peñarolense a través de la imagen recogida en los campos de juego.

Yo se que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitán de los aurinegros. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo, una marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en el la grandeza, el coraje y una hombría de bien reconocida incluso por aquellos que fueron sus victimas, encarnizados rivales o detractores.

Pero yo lo conocí a Cardaña y creo que fui uno de los pocos privilegiados que pudo compartir su circulo áulico, cimentado en el respeto mutuo y los afectos sobreentendidos. Y fue ese respeto, ese sobreentendido. el que me permitió ser testigo de un hecho, de una anécdota, que echa por tierra el equivocado concepto de considerar a Wilmar Everton Cardaña como un mero cacique huraño, un ríspido patrón de la media cancha, temido y evitado por los rivales. ¡Cuantas veces el insulto hiriente, el epíteto injusto, el cántico soez, cayo desde la gradería rival sobre la humanidad generosa de mi amigo! Sin duda alguna, muchos de aquellos que ayer desgranaron los mas pesados e injuriosos improperios contra Wilmar Everton Cardaña se sentirán incómodos o arrepentidos al finalizar de leer esta nota que revela la otra cara del ídolo deportivo. Cuanta nobleza habitaba el pecho inconmensurable de Wilmar! Cuanto valor cívico podía esconderse bajo el glorioso numero cinco prendido a la mirasol peñarolense, ya fuera sobre el césped del Estadio Centenario, en cualquier campo de la vecina Buenos Aires, o en la grama misma de tantos y tantos estadios brasileños donde los frágiles y siempre pusilánimes morenos le temían como a una figura mitológica !


No por nada, mi amigo y colega Pablo Aladino Puseya, inolvidable periodista, desaparecido ya, que supo firmar sus columnas en "El Tero Alerta" de Rocha con el ingenioso seudónimo de "Banderin de Corner", bautizo a Cardaña como "El Hombre". Así, a secas, con mayúsculas, porque supo advertir en Cardaña al luchador indoblegable, al deportista cabal de vergüenza invicta, mas allá de la circunstancial controversia sobre un puntapié a destiempo o una fractura expuesta. Tiempo después, algún pícaro modifico el apelativo para extenderlo a "El Hombre de Roble", lo que, en si, parecía configurar un elogio a la increíble solidez de sus piernas ligeramente chuecas, pero que en verdad escamoteaba la verdadera intención del apodo, que aproximaba a Cardaña a la infame condición de "tronco". Lo avieso de la maniobra lo certifica el hecho de que esta deformación de su apodo fue adaptada velozmente por los seguidores de Nacional. Y no quedo allí la cosa, porque después de aquel desgraciado incidente con Fanego (el veloz punterito de Huracán Buceo que se destrozara una clavícula contra el alambrado olímpico en un cruce fortuito con Cardaña) parte de un periodismo no propiamente imparcial, paso a llamarlo "El Hombre de Neanderthal". Quisiera que esta anécdota, que puedo contar dado el particular contacto que tuve con el caudillo indiscutible de Peñarol, eche algo de luz sobre la "leyenda negra" que sobre el se derramara desaprensivamente. A mucho tiempo de los hechos, pienso que el mismo Cardaña, refugiado hoy en la paz y el reposo de su hogar en Treinta y Tres, me perdonara que refiera lo ocurrido en circunstancias de aquella histórica final del 54, tema que el, por pudor y humildad, jamás quiso develar. Puede que el relato aporte también nuevas referencias a los amigos tangueros, ya que lo sucedido en torno a esa final inolvidable fue inmortalizado en un tango que, precisamente, lleva por nombre "La número cinco". La anécdota revelara que el título de la pieza se refiere a la casquivana pelota de fútbol, y no al número que lucía la camiseta de Wilmar Everton Cardaña sobre sus dorsales, ni al que identificaba (este fue un rumor poco serio y malintencionado) a una damisela aspirante al trono de "Miss Paysandú" y por quien, dicen, suspiraba el inspirado compositor de tangos.


Aquella mañana del 3 de noviembre de 1954 llegue al hotel Olinto Gallo, donde se alojaba habitualmente el plantel de Peñarol, palpitando encontrarme con un clima de nervios y tensión, acorde con la magnitud del gran encontronazo final con el clásico enemigo de todos los tiempos: Nacional. Había una efervescencia formidable en Montevideo y los tamborines de la murga "Los que pelan la chaucha" no habían dejado de atronar el barrio de La Tumba en toda la noche. Sin embargo, me halle con un grupo de muchachos --jugadores, técnicos y dirigentes-- departiendo mansamente luego del desayuno, al parecer olvidados de la proximidad de la justa. Pero esa primera impresión fue efímera. Algún gesto falso, ciertas torpezas en los movimientos, un par de respuestas destempladas o el rechinar penetrante de algunas dentaduras, denotaban el crispamiento interior, el desgarro insoportable de la espera. Pregunte por Cardaña y me contestaron que el recio capitán se había retirado a su habitación luego de merendar. Subí a su pieza, con la familiaridad que me confería su actitud amistosa hacia mi, y me invito a pasar con un gruñido. Wilmar Everton Cardaña era hombre de pocas palabras, muy pocas, como todo hombre criado en el campo, entre vacas y animales poco propensos al dialogo. Creo que hasta ese día --y ya llevábamos mas de dos años de amistad--, solo le había contabilizado nueve palabras, monosilábicas en su mayoría. Y vale la pena consignar que mas de la mitad de ellas las había gastado en una sola frase, previa a otro partido importante, cuando levantándose imprevistamente de una tertulia, anuncio: "Permiso, voy a ir al baño". Era así, directo, franco, hombre de llamar al pan, pan, y al vino, vino, y no podían esperarse de el frases grandilocuentes o inflamados discursos. De mas esta decir que era la tortura de los periodistas radiales quienes, mas de una vez, debieron quitarle los auriculares sin haber obtenido de el ni un dato, ni un nombre, ni una fecha. Encontré a un Cardaña taciturno y cariacontecido, cosa que atribuí a la responsabilidad del partido de la tarde. En aquella época no habían proliferado las líneas de ropa deportivas; por lo tanto, en las concentraciones, los players usaban sus propios atuendos a veces de gustos caprichosos o discutibles. Cardaña llevaba puesto un saco marrón, colocado al revés, o sea, con la pechera sobre la espalda, lo que lo hacia parecer sujeto por un chaleco de fuerza.


--Es por el pecho-- me dijo, señalándose el cuello. Yo sabia que sufría de severas anginas de pecho. El cigarrillo --aquellos cigarritos negros "Barbudas", de la época, que solía lucir detrás de la oreja durante los partidos-- le había instalado una tos seca en el pulmón derecho y una tos convulsa en el izquierdo. Parecía mentira que un hombre que fumaba como el, casi siete etiquetas por día, pudiese tener ese despliegue incesante y depredador en el campo de juego. Cuantos jugadores de hoy en día, con los tan mentados y publicitados sistemas de entrenamiento, dietas especiales y cuidados dignos de una odalisca quisieran poseer aquella inagotable capacidad física que acreditaba Cardaña, aun considerando sus excesos y descuidos! Cuantos de los señoritos de hoy en día, atentos siempre a sus peinados y manicuras, se hubieran atrevido a mostrarse a la prensa en saco de calle vuelto del revés, camiseta musculosa debajo y pantalón pijama, sin temor a ser el hazmerreír o al escarnio!


En la misma habitación de Cardaña estaba Nelson Amadeus Farragudo, aquel implacable marcador de punta, el del gol agónico al Wanderers en el 49, de sombrero de fieltro sobre los ojos, tomando mate. Le decían "El Buitre" Farragudo, no solo por la nauseabunda peladura de su cuello, sino porque, cual la conocida ave carroñera, era quien caía sobre los restos de las victimas de Cardaña, cuando este recibía a los delanteros rivales por el medio de la cancha. Por la mustia actitud de Farragudo --mitigaba el sonido del mate cubriéndose la cabeza con una toalla-- comprendí que algo no andaba bien en mi amigo, su compañero de pieza, el legendario centrehalf peñarolense.


Por si no lo he dicho, Wilson Everton Cardaña tenia una cara de rasgos grandes, muy marcados. Las cejas, negras y pobladas, se juntaban sobre el puente de la nariz. Los ojos, sin ser bellos, eran saltones y parecían querer fugarse por debajo de unos párpados gruesos, de piel porosa como la de los citrus. La nariz era prominente, larga, carnosa, de aletas amplias. La boca se abultaba bajo el bigote generoso y se alargaba hacia los costados, pareciendo que las comisuras profundas podían alcanzar los peludos lóbulos de las orejas, también enormes. Entre estos lóbulos y la boca, sin embargo, se interponían dos hondonadas como tajos, arrancando desde los pómulos protuberantes para bajar y delimitar con claridad el mentón avanzado y desafiante. Daba la impresión de que uno podía tomar esa porción inferior de la cara, por aquellos surcos que partían de las mejillas, y quitarla de allí, como si fuese un aditamento plástico removible. Había en ese rostro algo perturbador y obsceno pero, al mismo tiempo, sobrecogedor. Era como contemplar un fiordo inmemorial, un precipicio de roca desnuda, el magma primigenio. Era asomarse al inicio de la naturaleza. Y ese rostro, aquel día, estaba transfigurado


Consciente Cardaña de que yo había percibido ese clima extraño y dislocado, fue hasta una cómoda y saco algo de uno de los cajones. Pronto se me acerco con la facilidad que le daba nuestra confianza mutua, y me extendió una hoja de papel azul. --Es una carta-- me aclaro. Leí la carta y, en ella, con una letra despareja, salpicada de errores ortográficos, decía: "Soy casi un niño y, desde hace mucho tiempo, me hallo encerrado en una oscura sala del Hospital Muñoz. Padezco de un mal reversible y, por eso mismo, no estaré el domingo en el estadio para alentar al glorioso Peñarol. Si no es mucho pedir, me haría muy feliz tener en mis manos la pelota con que se juegue el encuentro, firmada por todo el plantel mirasol. Si es necesario pagar, adjúnteme la factura, que oblaré gustoso con dinero que he ahorrado privándome de la medicación. Suyo, Jose Petunio Invenianto, cama 747."


Confieso que termine de leer aquella carta con los ojos nublados por el llanto. Cuantos purretes de hoy en día, deslumbrados por el artificio de la tecnología y la banalidad de la computación, serian capaces de solicitar a su ídolo deportivo el humilde y significativo obsequio de una pelota? Cuantos niños de la actualidad, engañados por la urgencia de una sociedad que no sabe de la pausa para la charla amable o la reflexión, tendrían la delicada paciencia de solicitar la pelota para "después" del partido y no para "antes" del mismo, con todos los inconvenientes que esa voracidad podría provocar en la popular justa? Pero mi sorpresa fue inmensa y total cuando alce los ojos. Allí, delante mío, Wilson Everton Cardaña, "El Hombre", "El Capitán Invicto", "El Hacha" Cardaña estaba llorando. Aquel que hiciera callar de un solo chistido a 150.000 brasileños aterrados en el estadio Pacaembú, cuando la final de la Copa Roca! Aquel que se bajo los pantaloncitos y el calzoncillo punzo para mostrar sus testículos velludos, uruguayos y celestes a la Reina Isabel en el mismísimo estadio de Wembley! Aquel que ya a los ocho años quebrara en tres partes el tabique nasal a su profesora de música en la escuelita sanducense... estaba llorando! Esta cartita escrita sobre el burdo papel azul por aquel botija preso en la fría sala del Hospital Muñoz había hecho el milagro de ablandar el corazón, en apariencia fiero, del granítico centrehalf de Peñarol y la selección uruguaya.


No abundaré en detalles ni cedere a la tentación periodística de recordar los avatares de aquel partido memorable que termino con el resultado por todos conocido. Calle la historia por mi presenciada en la habitación de Cardaña, por pudor y por prudencia, consciente de que no saldría de mis labios ese relato, como así tampoco de los del "Buitre" Farragudo, austero en su vocabulario como en su manejo del balón. El lunes, al día siguiente del encuentro, acudí al Hospital Marcelo Muñoz, a ser testigo del final de la historia. Esperaba hallar allí tan solo a Cardaña pero cuan grande seria mi sorpresa al ver a las puertas de nosocomio el plantel integro de Peñarol, algunos aun con la camiseta puesta bajo el saco, deseosos de cumplir con el pedido postal! Y lo increible, lo conmovedor, es que no se habían reunido allí por un acuerdo previo o concertado. Uno a uno, por su propia cuenta, con la misma coordinación que ponían en el campo de juego para implementar la ley del off-side o presionar a un juez de línea, habían llegado hasta el Muñoz para acompañar al capitán en la entrega del preciado regalo! Cuanto planteles de la actualidad, ahítos de dinero y fama fácil, serian capaces de repetir aquella escena, aquella convocatoria, llevada a cabo por hombres simples y cabales, deportista que no conocían los devaneos en torno a contratos fabulosos ni los desplantes exigentes por unas cuantas monedas de oro, antes de comenzar algún encuentro? Y entonces fue el sinceramiento. Ante esa presencia masiva y espontánea, frente a tanta humanidad enternecida, Wilson Everton Cardaña no aguanto mas y lloro como una criatura. Lo seguí yo y luego el plantel. Lloramos abrazados sin avergonzarnos de los facultativos que nos miraban con cierta curiosidad o de los transeúntes que acertaban a pasar por el lugar. Algún periodista, mal periodista, arriesgo luego la mezquina versión que el plantel de Peñarol lloraba aun el lunes la ignominia de la abultada derrota, soslayando el hecho irrefutable de que se trataba tan solo de un acto de amor y desprendimiento. ¡Cuántos periodistas de hoy en día, mercenarios que ponen su pluma al servicio de quien mas paga, habrían hecho exactamente lo mismo que aquel sicario de la prensa amarilla!


Desahogados en parte, pero aun trémulos por lo tocante de la escena, pudimos seguir rumbo a la sala 2, media hora mas tarde. Adelante, Cardaña, con la numero cinco entre sus manos enormes. Atrás, yo y el plantel, encolumnados en un remedo de la tantas veces repetida entrada a la cancha. Y quiero ser cauteloso al narrar lo que sucedió después, ya que tuvo ciertos rasgos sorpresivos e inesperados. Como así también advertir al lector que mi fidelidad al relato me obliga al uso de palabras que no son de mi predilección, a pesar de ser moneda corriente en la vía pública. Fue casi simultaneo entrar en la sala 2 e individualizar al pequeño que había solicitado el obsequio. Tendría doce, trece años y, cubierto por un camisón blanco de tela basta, se hallaba de pie sobre su cama, expectante, mirando hacia la puerta como si nos hubiese adivinado. Tal vez el revuelo de enfermeras y doctores lo alerto, quizás la intuición infantil, o tal vez el hecho de que, nosotros, nos acercábamos cruzando los largos y umbrosos pasillos cantando la Marcha del Deporte. Pareció no dar crédito a lo que veían sus ojos, las pupilas se le empañaron y comenzó a temblar como atacado por la fiebre. Impresionado, Cardaña se acerco a el y le entrego la pelota firmada por todos. El pibe la miro, nos miro a nosotros, volvió a mirar la pelota, nos volvió a mirar a nosotros y finalmente grito: --Hijos de puta! Como pueden perder con eso chotos de Nacional? Confieso que nos quedamos estupefactos, helados por lo sorpresivo de la agresión. --Como carajo puede ser que esos putos nos hagan cuatro goles?-- siguió gritando el imberbe, ya absolutamente desaforado, roja la cara, las venas del cuello tensas, como a punto de estallar--. Hijos de mil putas! Troncos de mierda! Metanse la pelota en el culo! Y, acto seguido, arrojo el balón al rostro de Cardaña, estrellándolo contra su nariz. Vi palidecer al capitán y temí lo peor. --Vendidos!-- seguía, para colmo, el botija-- Se vendieron como unos miserables! ¿Cuánta guita les pusieron para ir para atrás, guachos de mierda? Vi a Cardaña dar un paso hacia el muchacho y supe que no podría contenerlo. --¡Cagones!--vocifero el chico, empinándose hasta caer, casi, de la cama--. Maricones! Vayan a trabajar, ladrones! Advertí, en el ultimo instante, el brillo asesino de tigre en los ojos de Cardaña, el mismo que había apreciado tantas veces en las inmediaciones del área, y supe que atacaba. Se lanzo con los dos pies hacia adelante en la temida "patada voladora" y alcanzo al muchacho en pleno tórax, de la misma forma que puso fin a la carrera de Alberto Ignacio Murinigo, el prometedor numero nueve del River Plate. Cayeron los dos del otro lado de la cama y, sobre ellos, se abalanzo una docena de enfermeros que se habían acercado atraídos por los gritos del botija. Salimos destrozados del Muñoz. Los muchachos de Peñarol, heridos hasta lo mas recóndito por la injusticia de los agravios recibidos. Yo, por lo estremecedor de la escena presenciada. Al día siguiente, un medico de guardia me informo que el chico tenia cuatro costillas fisuradas, lo que obligaría a prolongar su internación seis meses mas. También me dijo que el botija padecía de una calvicie irreversible, y que había solicitado permanecer internado a los efectos de no concurrir a una escuela técnica que detestaba. Que era un buen chico, en verdad muy hincha de Peñarol y que, meses atrás, se había hecho regalar un planeador firmado por un diestro del volovelismo que había batido un record sudamericano.
Muy pocos conocen esta anécdota, ya que una conjura de silencio se cernió en torno a ella. Yo me abrigué en el secreto profesional para no revelarla. El plantel de Peñarol callo el suceso por un natural prurito del deportista derrotado y en cuanto al agresivo muchacho, tengo información de que aun sigue en el mismo hospital, aunque ahora con el cargo de "jefe de enfermeras". Wilmar Everton Cardaña siguió jugando, desparramando coraje y sangre charrúa en cuanto campo de juego le tocó en suerte asolar. Siguió acrecentando su fama de guapeza y virilidad sin limites. Siguió mostrando, en suma, una sola de sus dos caras o facetas: la del enérgico, pétreo y filoso centrehalf de los de aquellos tiempos.

Apenas un puñado de sus mas íntimos guarda, como un tesoro, el secreto de aquellas lágrimas que supo derramar ante el conmovedor y sencillo pedido de un niño.

Roberto Fontanarrosa



jueves, 17 de julio de 2008

El lenguaje de los doctores del Fútbol


Vamos a sintetizar nuestro punto de vista, formulando una primera aproximación a la problemática táctica, técnica y física del cotejo que se ha disputado esta tarde en el campo del Unidos Venceremos Fútbol Club, sin caer en simplificaciones incompatibles con un tema que sin duda nos está exigiendo análisis más profundo y detallado y sin incurrir en ambigüedades que han sido, son y serán ajenas a nuestra prédica de toda una vida al servicio de la afición deportiva.

Nos resultaría cómodo eludir nuestra responsabilidad atribuyendo el revés del once locatario a la discreta performance de sus jugadores, pero la excesiva lentitud que indudablemente mostraron en la jornada de hoy a la hora de devolucionar cada esférico recepcionado no justifica de ninguna manera, entiéndase bien, señoras y señores, de ninguna manera, semejante descalificación generalizada y por lo tanto injusta. No, no y no. El conformismo no es nuestro estilo, como bien saben quienes nos han seguido a lo largo de nuestra trayectoria de tantos años, aquí en nuestro querido país y en los escenarios del deporte internacional e incluso mundial, donde hemos sido convocados a cumplir nuestra modesta función.

Así que vamos a decirlo con todas las letras, como es nuestra costumbre: el éxito no ha coronado la potencialidad orgánica del esquema de juego de este esforzado equipo porque lisa y llanamente sigue siendo incapaz de canalizar adecuadamente sus expectativas de una mayor proyección ofensiva hacia el ámbito de la valla rival. Ya lo decíamos el Domingo próximo pasado y así lo afirmamos hoy, con la frente alta y sin pelos en la lengua, porque siempre hemos llamado al pan pan y al vino vino y continuaremos denunciando la verdad, aunque a muchos les duela, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.


Eduardo Galeano

El director técnico


Antes existía el entrenador, y nadie le prestaba mayor atención. El entrenador murió, calladito la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden. Entonces nació el director técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas. El entrenador decía: Vamos a jugar. El técnico dice: Vamos a trabajar.

Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1. pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien pueda. A partir de allí, el director técnico desarrolla fórmulas misteriosas como la sagrada concepción de Jesús, y con ellas elabora esquemas tácticos más indescifrables que la Santísima Trinidad.

Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora las jugadas magistrales se dibujan en una computadora y se enseñan en video. Esas perfecciones rara vez se ven, después, en los partidos que la televisión transmite. Más bien la televisión se complace exhibiendo la crispación en el rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose los puños o gritando orientaciones que darían vuelta al partido si alguien pudiera entenderlas.

Los periodistas lo acribillan en la conferencia de prensa, cuando el encuentro termina. El técnico jamás cuenta el secreto de sus victorias, aunque formula admirables explicaciones de sus derrotas: Las instrucciones eran claras, pero no fueron escuchadas, dice, cuando el equipo pierde por goleada ante un cuadrito de morondanga. O ratifica la confianza en sí mismo, hablando en tercera persona más o menos así: «Los reveses sufridos no empañan la conquista de una claridad conceptual que el técnico ha caracterizado como una síntesis de muchos sacrificios necesarios para llegar a la eficacia».

La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el público le grita:¡No te mueras nunca! Y el Domingo que viene lo invita a morirse. El cree que el fútbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi.

Eduardo Galeano

Entrevista a La Raulito


Martes 5 de septiembre de 2006

LA RAULITO 1 ESTUDIANTES 0

El gol que hice en la Bombonera fue la hazaña más grande de mi vida”

Su sueño de chica era jugar en Boca y lo logró... aunque sólo por unos minutos. “Ese día hice levantar a todo el estadio”, recuerda.


María Esther Duffou o La Raulito, como siempre se la llamó, hoy vive en el Hogar Rawson, en Constitución, junto con La Mami, su verdadera amiga y compañera, quien es también como una madre que la acompaña desde hace casi 60 años. “Toda una vida”, menciona la hincha más famosa de Boca Juniors y agrega: “A ella le decían ‘Señora, dele educación a su hijo’, porque yo era bajita, flaquita y de pelo corto en ese entonces”.

En su pequeño cuarto adornado de azul y amarillo y cargado de fotos y placas en reconocimiento a su amor por el club de la ribera, recibe amistosamente a quien la visite con su nuevo corte de pelo al estilo Martín Palermo en 1998: la cabeza rapada y el flequillo rubio tapando la mitad de su frente.


Dueña de un buen humor envidiable, a los 73 años, La Raulito disfruta del presente de Boca y comenta que le gustaría vivir cerca de la Bombonera y conseguir un hogar para algunos abuelos que lo necesitan.

-Hoy es muy reconocida, pero ¿desde cuando es hincha de Boca?
-¡Uh! De chiquita me hice de Boca, nadie me dijo nada, a mi me gustaron los colores: el azul y el oro como el cielo y el sol. Pero nadie me hizo de Boca, a mi me gustó la camiseta.


-¿Y cuál era su deseo en ese entonces?
- Yo quería jugar en Boca, hasta me fui a probar un día, pero por ser mujer no podía jugar con los varones. Igual era buena, hacía la palomita, le pegaba a la pelota con las dos piernas y jugaba con los vagos en la plaza. Los únicos que sabían que era mina eran ellos.


- Y aunque era imposible que integrara un equipo de hombres, igual pudo demostrar sus habilidades...
- Si, el día que le hice un gol a Estudiantes. Boca tenía una mala racha, ese día empataba
0-0 y dije ‘el gol lo voy a hacer yo’. Estaba el palco viejo en la Bombonera y me tiré a la cancha, se quedaron todos quietos, tuvieron que parar el partido. Yo paré la pelota y le pegué de chanfle, el arquero ni la vio. Me acuerdo que en Boca estaba el petiso Escudero y en Estudiantes Galván, el único que me corría, pero era rápida, el referí me llamaba y yo del susto me metí en el vestuario de los contrarios, los viejos me decían ‘por culpa tuya van a clausurar la cancha’, pero al final no pasó nada. La revista El Gráfico tituló: "La Raulito 1 Estudiantes 0". Por eso, el gol que hice en la Bombonera fue la hazaña más grande de mi vida.


-¿Nunca pensó en probar con el fútbol femenino?
- No, yo me río con el fútbol femenino, nada que ver. En ese momento que una mujer haga un gol y¡contra los varones!, ni se pensaba. Ese día hice levantar a todo el estadio.


-¿Cómo era usted de chica?
-¡Uy! Yo hacía cada cosa... En el zoológico agarraba esas galletitas que te dan para tirarle a los monitos y me las comía todas. Un día nos retaron, a ella (por La Mami) le decían ‘Señora, dele educación a su hijo’, porque yo era bajita, flaquita y de pelo corto en ese entonces.
(Se ríe) Nos retaban porque yo me comía las galletitas del zoológico... Además me metía entre la gente para que no me prohibieran la entrada.


La Raulito nació el 26 de julio de 1933en el Hospital Tornú de Villa Urquiza. Su madre falleció de tuberculosis y su padre era alcohólico. Pasó una mala infancia y eso la impulsó a buscar una vida diferente en la calle, donde adoptó los hábitos de varón para defenderse mejor. Allí también encontró su sobrenombre.


-¿En qué lugares pasó toda su vida?
- Yo estuve en muchos reformatorios, en la calle me las tenía que rebuscar, fui canillita y lustrabotas. Después estuve en hogares y de grande siempre viví en los geriátricos por PAMI.
El otro día hablé con Macri y le dije que me gustaría vivir cerca de la Bombonera, ‘Espere que sea Jefe de Gobierno’ me dijo. Lo de conseguir un hogar para seis abuelos quedó en el aire, hablé con Alicia Kirchner y sé que eso llegó a los oídos de Tellerman pero no pasó nada más.


-¿Cómo es el trato hacia los abuelos en este hogar?
- Acá hay mucho abandono, a los abuelos les dan de comer de lunes a viernes, sábado y domingo tienen todo cerrado, muchos están durmiendo en Cáritas pero les cobran cinco pesos. Además el matafuegos lo pusieron cuando se armó lío, sino no había nada. Yo he estado en Córdoba, es un chalet el hogar de día y a la hora de irse hay una camioneta que lleva a los abuelos a sus domicilios, pero acá no, se van como pueden.


-¿Y el personal cómo es con usted?
- Hay mucha gente que te mira por encima y que parece que tiene miedo de ensuciarse si se le acerca a uno, a mi esa gente me da asco. Me gusta la gente de barrio, la gente de pueblo, la gente humilde, que respete a los abuelos, a los adultos y que donde hay niños cierre la boca.
A mi me saluda el panadero, el zapatero, el borracho, la prostituta, los vendedores. Todos vienen a saludarme y a darme un beso, a la gente como la de acá ¿Quién la va a besar? Por eso yo siempre le digo a la gente que mande mis saludos a los que conocen.


Le resulta difícil caminar con el bastón que lleva para acompañar la rehabilitación por la operación de su rodilla derecha, sin embargo insiste en levantarse para buscar algunas fotos que se sacó con varios futbolistas.
Desde muy joven tuvo vía libre para entrar a los vestuarios y al campo de juego. Era amiga de todos los jugadores.


- Vio muchos planteles en la historia de Boca ¿Cuál le gustó más?
- Los mirás a todos como una madre cuando mira a un hijo: uno es rubio, el otro es morocho, pero es la madre y los mira a todos igual. Para mi son todos iguales, los quiero a todos. Si sos de Boca tenés que querer al plantel; porque si no querés al plantel, no querés al director técnico, no querés a nadie entonces... quedate en tu casa. Yo cuando voy a ver a Boca saludo a todos porque te encariñás. Y ese afecto familiar que tengo ahí adentro no te lo dan donde estoy ahora.


- ¿Y de los directores técnicos cuáles le gustaron más?
- Me gustó mucho Bianchi, era todo un señorito, tiene una cultura bárbara.
Pero recuerdo al Toto Lorenzo, cuando yo era joven, siempre serio me decía ‘¿Qué hacés Raulito, cómo te va? Tomá, andá a comprarte un sándwich de mortadela’. Y Basile también es muy bueno. Esperemos que La Volpe no me corra, si no le pido un escobillón y voy aunque sea a barrer.


-¿Cuál fue para usted el día más emotivo?
- Con Boca fueron muchos, pero el día de mi cumpleaños 72 que me pusieron un pasacalle y me vinieron a buscar en limusina, juro que me hicieron llorar, no esperaba eso. Había mucha gente, hasta de Córdoba, también fueron algunos de acá y muchos ex jugadores de Boca como el Chino Benítez, el Colorado Suárez, Nicolau y muchos más. Fue una fiesta bien grande.
Uno de los aspectos que no todos conocen de La Raulito es el amor por los animales. En el hogar hay varios perros, pero la más afortunada es la Pinky, que es como una hija para ella. “Sólo le falta hablar”, comenta.


-¿Hace cuánto tiempo la tiene?
- Hace 8 años. Me la quedé porque le pegaban con palos. Yo la amo. Y pensar que cuando la agarré tenía las patas colgando, no ladraba. Le faltaban dos días para morir. Ahora me preguntan qué le di... afecto, cariño y amor. Le di mucha leche en mamadera, la hice bañar, le puse ropita para el frío y ahora está fuerte. A la Pinky no le gusta que llore, enseguida viene y me lame la cara. Además no deja que nadie se lleve nada que no sea suyo. Es muy inteligente.


Humilde como toda su vida y bondadosa como aprendió a serlo, hoy La Raulito deja ver a una mujer que está lejos de la agresividad con la que siempre se la asoció: “Los de River rompieron los autos de los jugadores y los de San Lorenzo los insultaron, eso no está bien”, remarca un tanto enojada y agrega: “Después hablan de La Raulito”.


Su popularidad es verdadera, todos aquellos que pasan cerca suyo la saludan cariñosamente. “Así me gusta Raulito, que sea del pueblo”, le dice un hombre. Antes de la despedida se ofrece a firmar autógrafos y no olvida enviar como siempre “Saludos para todos”.


Analía Pedicino

miércoles, 16 de julio de 2008

Obdulio


Yo era chiquilín y futbolero, y como todos los uruguayos estaba prendido a la radio, escuchando la final de la Copa del Mundo. Cuando la voz de Carlos Solé me transmitió la triste noticia del gol brasileño, se me cayó el alma al piso. Entonces recurrí al más poderoso de mis amigos. Prometí a Dios una cantidad de sacrificios a cambió de que él se apareciera en Maracaná y diera vuelta el partido.

Nunca conseguí recordar las muchas cosas que había prometido, y por eso nunca pude cumplirlas. Además, la victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela.

Obdulio había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra viento y marea. Al fin de aquella jornada, los periodistas acosaron al héroe. Y él no se golpeó el pecho proclamando que somos los mejores y no hay quien pueda con la garra charrúa: -Fue casualidad- murmuró Obdulio, meneando la cabeza. Y cuando quisieron fotografiarlo, se puso de espaldas. Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso.

En medio de la euforia, se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas. En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero. El premio que recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la semana.

Eduardo Galeano

El gol

El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos.
El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco. El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire.
Eduardo Galeano

El fanático

El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua. El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío. Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso.
La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar. En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el Mal lo obliga.
El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También está dentro del espectador callado, que en cualquier momento puede llegar a opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su merecido.
Eduardo Galeano

El ídolo


Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en una cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota. Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación.


La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.- ¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte! La pelota ríe, radiante, en el aire.

Él la baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán. Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia:-¡Con la herradura no! La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:- ¡Momia! A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.


Eduardo Galeano

Mister Peregrino Fernández



El técnico Peregrino Fernández fue creado por el argentino Osvaldo Soriano. Este autor contaba en sus crónicas que el Míster Fernández se hizo famoso como el creador del Fútbol Espectáculo, logrando sus mejores campañas en el Racing de París. Su táctica de juego era muy simple: atacar, atacar y atacar. Si bien ganaba partidos, también conseguía derrotas catastróficas como el 12-8 que le endosaron en la final de 1981, por no resguardar la defensa.


Su leyenda había comenzado en el humilde cuadro del Cipolletti, donde reemplazó a un tal Orlando El Sucio, partidario de jugar con cuatro defensores, otros dos adelante para ablandar a los rivales más un tercero que era el que comenzaba con las caricias –esta función, generalmente, la cumplía el Cuco Pedrazzi quien había sido expulsado en ocho ocasiones durante un campeonato-. Las estadísticas demostraban que el equipo registró siete empates sin goles, ganaron dos partidos por la mínima diferencia y perdieron otros cinco por la misma cuenta. Para cambiar esa faz llegó el Mister Fernández.


Y cuenta Soriano que todos los defensores, menos Pedrazzi, quedaron fuera de la oncena titular. Todos jugaban al ataque, porque el esquema de juego era simple: dos defensas y el resto, adelante. Incluso, había un chileno metido en el equipo –el chileno que nunca falta- de apellido Jara. El Cipolletti hacía hartos goles, pero también le anotaban muchos.Dice Soriano que “lo que no tuvo en cuenta el Míster Peregrino Fernández fue que el miedo puede más (...) Lo suyo era lindo para la tribuna visitante, pero cada vez que nos hacían un gol se nos retorcían las tripas. Recuerdo un partido que estaba cuatro a cuatro: retrocedí para ayudarlo a Pedrazzi a cubrir un contragolpe y me tocó sacar la pelota sobre la línea de gol. Al terminar el primer tiempo, en el vestuario, el Míster se me acercó y empezó a gritarme: “¡Qué hace ahí perdiendo el tiempo!¡Su arco es el otro, carajo!”


de Osvaldo Soriano

martes, 15 de julio de 2008

El Hincha


Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.


Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.


Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.


Eduardo Galeano

El arquero


También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es uno solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan.

El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.

Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.


Eduardo Galeano

El jugador


Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.

Los empresarios lo compran, lo venden, los prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.

En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:- Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.- ¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero. O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Eduardo Galeano
"He capitalizado mis fracasos con tanta compulsión y tanta dicha, que cuando tengo un logro miro claro y me atengo a la ley de las partidas, todos los sueños que se realizaron tienen una razón y una justicia. El fracaso también tiene motivos y no fue culpa de otros sino mia". (Elcira Olivera Garcés. Actriz argentina)

Fútbol a sol y a sombra


La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable.

A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.




Eduardo Galeano

Arqueros, Ilusionistas y Goleadores


Sinopsis"Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine del botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el driblin y se tiró de cabeza, aparatoso, seguro de haber salvado el honor y el baile de Barda del Medio. Pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos." Osvaldo Soriano

A través de estas páginas de fútbol Soriano reinventa su infancia y adolescencia, retrata a jugadores emblemáticos "Obdulio Varela, Lazzati, los fundadores de San Lorenzo", pone a sus personajes en las encrucijadas de la gloria o el fracaso y narra partidos alucinantes jugados en la Patagonia, o en la Europa de la Segunda Guerra, o en el Congo, con Perón como árbitro. Esta edición reúne todos los textos sobre fútbol que Soriano publicó en sus cuatro volúmenes de recopilación con las Memorias del Míster Peregrino Fernández, los últimos cuentos que escribió para Página/12, e incluye tres relatos hasta ahora inéditos en libro. La épica y el humor, tan fundamentales en su estilo, son dos constantes de estas narraciones en las que, a partir de las fantasías que el fútbol puede poner en juego, Soriano también habla de la supervivencia, de la valoración de los otros y de las capacidades, ambiciones, valentías y miserias del hombre.

"Así son las novelas del fútbol: risas y llantos, penas y sobresaltos. González corrió con los brazos en alto a saludar la memoria de su padre. Llevaba lágrimas en los ojos y sus compañeros lloraban con él. De esa pasta están hechos los goleadores. Fantasmas que salen de ninguna parte."

Osvaldo Soriano

Esperándolo a Tito, de Eduardo Sacheri

La primera vez que Eduardo me escribió Todo con Afecto, me envió modestamente tres cuentos: "Me van a tener que disculpar", esa genial justificación de Maradona en la que habla del jugador sin nombrarlo, "Esperandola Tito" y "De chilena". Por aquellos días, fines de 1966, yo cumplía a rajatabla con el precepto de leer cuentos al aire sin haberlo hecho antes. Al leer "Me van a tener que disculpar", de inmediato me identifiqué con la voz del autor, con la historia que contaba y con sus pasiones, que eran de las mías. Lo mismo sintieron los oyentes, porque empezaron a comunicarse desde todos los rincones del país preguntándome dónde estaba incluido el relato o cómo lo podían conseguir. La lectura de "Esperándolo a Tito", una magnífica idealización de la amistad, generó las mismas reacciones entuasistas que el anterior. Mientras que con "De Chilena"me pasó lo que nunca me había pasado frente al micrófono: en medio de la lectura me quebré y la emoción me pudo sin que hubiera modo de disimularlo.Al tiempo y en mérito a sus virtudes, ascendí a Sacheri a la primera. Esto es: a la apertura del programa, un espacio que considero de privilegio y en el cual sus relatos se alternan con un grupo de notables integrado por: Soriano, Cortázar, Borges, Benedetti, Fontanarrosa entre otros elegidos.
La decisión fue resultado de una teoría que como un lector empedernido de cuentos de fútbol, elaboré al respecto. Considero que Benedetti con "Puntero izquierdo", de 1954, es de alguna manera el fundador del género -si es que hay-; que Fontanarrosa es el que interpreta exactamente la locura y la pasión que puede generar este deporte; que Soriano retrata como nadie los partidos de pueblos del interior y sus ritos; que el sentimiento de barrio, el desafío de calzarse los botines y enfrentarse a otra barra o de jugar con una Tango, el registro de las voces del conurbano y sus personajes, ése es territorio de Sacheri. Y si hoy todavía este talentoso escritor no es el dueño absoluto del área, estoy seguro que muy pronto lo será.

Alejandro Apo

El Ocho era Moacyr

El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.
—Che… ¿quién es este coso?
—No sé —contestó el Zorro.— ¿No es amigo tuyo?
— ¿Mío? No. Estás en pedo vos.
—Es amigo del Colifa —aportó el Pitufo—, certe­ro interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizás porque no le gustaba verse marginado de ninguna.
En eso llegó el Colifa.
—Che…—le preguntó Ricardo—… el flaco ese que se fue ¿es amigo tuyo?
—¿Qué flaco? —frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la bufanda.
—El flaco… El “Sobrecojines”.
—Ah no… —se rió el Colifa.— Yo no lo conozco.
El hombre, el que se había ido, había tenido la desa­fortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas in­tervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como “sobre cojines”. Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.
—¡Yo creí que era amigo tuyo! —se rió el Pitufo.
—Yo no lo vi en la puta vida.—Pero… ¿Lo conocés?—Sí. De acá, ahora.
—Entonces… —insistió Ricardo, casi amenazante.
— ¿Quién lo trajo a la mesa?—Qué sé yo.
Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En “El Cai­ro” era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integra­ba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misterio­samente como había llegado, o reaparecía en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensa­ba un saludo desde allá atrás, al voleo, de cortesía.
—Por ahí alguien se lo dejó olvidado —aventuró el Zo­rro.
—Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha es­tado sentado acá el pobre tipo!
—Yo creía que era amigo tuyo —señaló Ricardo a Belmondo— y ahora resulta que no lo junta nadie.
—¿Mío? ¿Porqué? Ricardo frunció la nariz.
—No sé —dijo— lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.
—Muy delicado. ¿No es cierto?
—¿Puto, decís vos? —se rió Belmondo. Después se es­candalizó.
—¡Qué guachos de mierda!—Como te mira mucho… —siguió Ricardo—.. qué sé yo… yo pensaba…
—Medio trolo el muchacho —sentenció el Zorro.
—¡Mirá que hay que ser hijos de puta! —dijo Belmon­do.
— Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correc­to… para éstos ya es un comilón.
—Muy fino, muy fino. Demasiado.
—Para mí que a vos te tira la goma —opinó el Colifa, mirando a Belmondo.
—¡Qué hijos de puta! —se tomó las manos Belmondo.
— No se puede ser culto acá.
—Si te mira y se relame, Bel… —le informó Ricardo.
— A Moreira lo manoteó el otro día.
—Sí —defendió Belmondo— no te le agachés adelante.
—¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? —pareció ofen­derse el Pitufo
— ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?—Para mí que se la lastra —meneó la cabeza el Zorro.
— ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?
—¿Quién, che? —Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.
—El flaco alto, el “Sobrecojines”.
—¿Qué pasa?—Que es muy sospechoso, medio rarón ¿viste? —el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.
—¿El elegante? —exclamó el Pochi, sentándose.
— Muy puto. Tragasables del año uno.
—¡Qué hijos de puta! —volvió a reírse Belmondo.
— El otro pobre tipo…—Traga la bala —siguió el Pochi, serio.
— Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.
—El otro pobre tipo —siguió Belmondo— es un buen tipo…
¿Cuál es el problema? Que empilcha bien, que toma whisky…
¿Cuál es?—Oíme… —dijo Ricardo.
— ¿Cómo va a venir acá de chaleco?—¡Dejame de joder! De chaleco.
—Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?
—No. Y esa corbatita que usa. La rosita…
—Yo lo que te digo —siguió Belmondo— es que yo no me le agacharía adelante.
—Por ahí te empoma.
—Te empoma.—Tiene su pinta el hombre —estimó el Zorro.
—Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…
—Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta….
Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, “che, un amigo”, de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participa­ba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. “Blenders” dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. “Mirá que vale casi un palo, macho” le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos y oscuros.
Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo sa­lió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por pri­mera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de “sobre cojines” que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.
—Yo no sé… —advirtió Ricardo, rascándose la espal­da—… pero vos, Belmondo, cuidate.
—Sí —admitió Belmondo— porque que me rompan el orto a esta edad…
—O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.
—Te digo que si viene mañana yo me corro.
—Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.
Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no apor­tó por “El Cairo”. El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un “qué tal” y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nervio­samente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.
—El cinco era Ramacciotti —decía el Pitufo.
— Eso seguro.
—El cinco era Ramacciotti.
No me acuerdo el tres —dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.
—Ditro. El tres era Ditro —aseguró Pochi— que des­pués fue a River.
—¡Eso! Que después fue a River.
—Bueno. Entonces tenemos… —resumió el Pitufo—… Moreno, Valentino y Ditro.
El cuatro ese que no nos acor­damos, Ramacciotti y Malazzo…
—Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra —recitó de un tirón el Pochi.
—Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?
—¿Será posible?—Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…
—No. Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.
—Pero… —se ofuscó Belmondo—… un tipo muy juna­do… ¿Cómo carajo…?
—No me voy a acordar… No me voy a acordar… —dijo el Pitufo.
—Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.—¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.
—O con el negro Marchetta.
Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: “Marchetta”. “¡Marchetta, la puta que lo parió!” dije yo, y seguimos cada cual por su lado.
—Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aquella delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.
—Berón.
—Berón.—Pero a mí, esto, ya me cagó la semana —se reubicó el Pochi.
—¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía —se enardeció Belmondo— uno bajito, narigón, feo…!
—¿Martín? ¿No era Martín?
—No, Martín era de Chacarita.
—Bajito, narigón, feo…
—Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después fue al equipo de José.
—Moreno, Valentino y Ditro… —repasó el Pitufo—… tatatá, Ramaciotti y Malazzo…
—¡Concha de la lora!
El hombre, que había seguido silenciosamente la con­versación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:
—Sainz.
—¡Sainz! —pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa
— Sainz la puta que lo reparió.
—Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua.Claro… te decía que era un nombre corto.
—Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…
—No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.
—Sainz —continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte— después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.
—Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domin­go Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.
—No —corrigió “Sobre cojines”— Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.
—¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.
—Que la delantera llegó a formar… —recordó el hom­bre—… Domingo Pérez…—Moacyr —acotó Pochi.
—Moacyr Claudinho Pinto… —siguió el hombre—… Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.
—Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…—Ermindo, todavía no Daniel.—Pando, Artime…
—No… —volvió a corregir el hombre— Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…
—Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…
—Al gordo Felola Feola —dijo el Pitufo— a Dino Sani, a Maurinho…
—Antes a Orlando —puntualizó “Sobre cojines”— Or­lando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la fun­ción de seis metido adentro acá en la Argentina.
—También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…
—Y bueno… —recordó el Pochi— Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…
—Loayza también. —Loayza también y me acuerdo…—¡Ese partido contra el Real de Madrid! —se entusias­mó el hombre.
— En cancha de Ñul.—En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.
—Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento —recordó “Sobre cojines”— …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…
—¡Puskas!
Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.
—Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.
—Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya…
Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo es­taba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.
—¿No vino “Sobre cojines”? —preguntó el Colifa.
Al­guien contestó que no.
—¿Quién es “Sobre cojines”? —dijo el Chelo.
—Rodolfo. Rodolfo creo que se llama.
No, no vino.
—Buen tipo ése —dijo el Pochi.
—Buen tipo.
Roberto Fontanarosa - Nada del otro mundo y otros cuentos

lunes, 14 de julio de 2008

"El sentimentaslismo no es indicio de corazón ardiente. No hay nadie que llore más copiosamente que un trozo de hielo"

Puro Futbol



A pedido del público, se reúne en este volumen todos los cuentos relacionados con el fútbol escritos hasta ahora por Fontanarrosa e incluidos en sus libros ya publicados.Flechado por la pasión de multitudes desde siempre y para siempre, Fontanarrosa no sólo es capaz de quedarse en su habitación de hotel en una soleada tarde de París porque televisan un partido entre el Galatasaray y Feyenoord (además, amistoso), sino que practicó hasta hace muy poco tiempo el fútbol amateur en ligas barriales de su Rosario natal. Y, como rosarino, hizo su opción: entre leprosos y canallas, eligió a éstos como una instancia vital.


Pocos ignoran que es hincha de Rosario Central, pero esta devoción no le impide disfrutar con las artes futbolísticas de cualquier equipo de las exhiba, así fuere parándose ante un baldío donde los arcos están marcados por bolsos.De nada serviría toda esta formación si el excepcional oído, la imaginación y el humor desbordante del Negro; su captación de la jerga coloquial de los aficionados el instrumento; los argumentos vienen de un enriquecimiento de la realidad coloreada con la sátira y el pastiche, esto último a partir de los estereotipos de los periodistas deportivos.Desde los cuentos primeros, incluidos en Los trenes matan a los autos, hasta los más recientes, de Una lección de vida, se traza una parábola de la que gozarán tanto los devotos de Hemingway como los seguidores de Víctor Hugo Morales; sin pasar por alto, eso sí, a quienes comulgan ante el altar de Aldo Pedro Poy.
de Roberto Fontanarrosa

sábado, 12 de julio de 2008

Los jugadores

Juegan, juegan.
Agachados, arrugados, decrépitos.
Este hombre torvo
junto a los mares de su patria, más lejana que el sol,
cantó bellas canciones.
Canción de la belleza de la tierra,
canción de la belleza de la Amada,
canción, canción
que no precisa fin.
Este otro de la mano en la frente,
pálido como la última hoja de un árbol,
debe tener hijas rubias
de carne apretada,
granada,
rosada.
Juegan, juegan.
Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.
Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.
Pablo Neruda
(extraído del libro "Crepusculario" de 1923)

El ocho era Moacyr. Primera parte

El ocho era Moacyr. Segunda parte

jueves, 10 de julio de 2008

"Hay algo peor que el fracaso... el talento perdido"
"Lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". Albert Camus, guardameta y Premio Nobel de Literatura.
"No pierdan las esperanzas... recuerden que no hay peor asesino que aquel que mata una ilusión"
“El hombre es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”
"Hoy puede ser un gran día... date la oportunidad"

miércoles, 2 de julio de 2008

"La recompensa del artista es ser amado"
(Crónica del Ángel Gris, Alejandro Dolina)
“La sinceridad es una instantánea virtud de los nervios. A diferencia de la veracidad que es una decantada virtud moral”
“La estrategia más eficaz del equívoco es la repetición”
“Un don es una virtud bien utilizada”
“ ¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen.
Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”.
James Joyce
“Todos creen que sos feliz porque reís, pero no saben que los pájaros cantan porque no saben llorar”

martes, 1 de julio de 2008

Nunca jamás




Como vas a saber lo que es el dolor

si jamás un zaguero te azoto la tibia y el peroné.


Como vas a saber lo que es el placer
si nunca ganaste un clásico barrial.


Como vas a saber lo que es llorar
si jamás perdiste un clásico sobre la hora con un penal dudoso.


Como vas a saber lo que es el cariño
si nunca acariciaste la redonda de chanfle
entrándole con el revés del pie en el cachete
para dejarla jadeando bajo la red.


Como vas a saber lo que es la solidaridad
si jamás saliste a dar la cara por un compañero golpeado sin fe desde atrás.


Como vas a saber lo que es la poesía
si nunca tiraste una gambeta.


Como vas a saber lo que es la humillación
si jamás te hicieron un caño.


Como vas a saber lo que es la amistad
si nunca devolviste una pared.


Como vas a saber lo que es un orgasmo
si jamás diste una vuelta olímpica de visitante.


Como vas a saber lo que es el pánico
si nunca te sorprendieron mal parado en un contragolpe.


Como vas a saber lo que es morir un poco
si jamás fuiste a buscar la pelota adentro del arco.


Como vas a saber lo que es la izquierda.
Como vas a saber lo que es la xenofobia

si en ninguna cancha te gritaron " negro de mierda".


Como vas a saber lo que es la soledad
si jamás te paraste bajo los tres palos a doce pasos
de un fusilero dispuesto a acabar con tus esperanzas.


Como vas a saber lo que es el barro si nunca te tiraste
a los pies de nadie para mandar la pelota sobre un lateral.


Como vas a saber lo que es el egoísmo
si nunca hiciste una de mas cuando tenias que dársela
al nueve que estaba mejor ubicado.


Como vas a saber lo que es el arte
si nunca inventaste una rabona.


Como vas a saber lo que es la música si jamás cantaste
haciendo equilibrio sobre un paravalancha.


Como vas a saber lo que es el suburbio
si nunca te paraste de wing.


Como vas a saber lo que es la clandestinidad
si nunca te tiraron un pelotazo para que te
aguantes vos solo a toda la defensa rival.


Como vas a saber lo que es la injusticia
si nunca te saco tarjeta roja un referee localista.


Como vas a saber lo que es el insomnio
si jamás te fuiste al descenso.


Como vas a saber lo que es el odio
si nunca hiciste un gol en contra.


Como vas a saber lo que es la vida, mujer...!!!
si nunca, jamás, VIVISTE EL FÚTBOL.